El Cola de Mono, una mezcla tradicionalmente asociada a la mesa familiar chilena, acaba de ingresar en el radar internacional. La guía gastronómica TasteAtlas lo ubicó entre los cuatro mejores cócteles del mundo, junto al Coquito de Puerto Rico, el Mojito cubano y el Pisco Sour peruano.
El reconocimiento —replicado por medios nacionales como La Tercera, BioBioChile y El Mostrador— puede parecer anecdótico, pero encierra un fenómeno más profundo: la revalorización de las bebidas identitarias dentro del discurso global de la coctelería.
Durante décadas, el Cola de Mono fue considerado una preparación casera, más próxima a la sobremesa navideña que a la barra profesional. Hoy, esa frontera comienza a diluirse. El ranking de TasteAtlas lo devuelve a la conversación, situándolo en la misma línea de los cócteles que expresan territorio, memoria y cultura.
El Cola de Mono pertenece a una familia amplia de ponches lácteos que se remontan al siglo XIX, cuando las bebidas a base de leche, café y aguardiente eran comunes en celebraciones. Su origen exacto es incierto: hay quienes lo vinculan con el anís español “Anís del Mono” y otros con anécdotas políticas de comienzos del siglo XX.
Sea cual sea su genealogía, su presencia en los hogares chilenos se consolidó rápidamente. Preparado con leche, azúcar, café, clavo de olor, canela y aguardiente, se convirtió en sinónimo de reunión y hospitalidad.
En términos culturales, el Cola de Mono opera como una bebida de pertenencia. Representa la idea de un país que mezcla herencias rurales con influencias urbanas, y que encuentra en la mesa, o en la barra, un punto de equilibrio entre lo cotidiano y lo festivo. No es casual que TasteAtlas lo destaque justamente por su capacidad de evocar “el sabor de una celebración colectiva”.
En los últimos años, el auge de la coctelería de autor en Chile ha impulsado una mirada más atenta sobre el patrimonio líquido de nuestro país. Algunos bartenders han reinterpretado el Cola de Mono, aplicando técnicas modernas sin despojarlo de su raíz emocional: leche clarificada, cold brew en lugar de café instantáneo, infusionado de especias en aguardiente o en pisco, y servicio en copa de cóctel en lugar del tradicional vaso corto.
Esta transición del ámbito doméstico al profesional no responde a una simple moda. Marca un cambio de paradigma: los bartenders ya no buscan únicamente replicar recetas internacionales, sino explorar las propias. El Cola de Mono se convierte así en un vehículo para hablar de identidad, temporada e ingredientes locales.
El listado de TasteAtlas, aunque no es un certamen técnico, tiene impacto en percepción pública. La plataforma combina votaciones de usuarios y curaduría editorial, generando visibilidad inmediata en redes y buscadores. En este caso, su efecto trasciende el ranking: pone en escena un producto chileno junto a íconos consolidados del mundo del bar.
Para la industria nacional, el hecho es simbólicamente relevante. Supone que una preparación sencilla, sin estructura de marca ni respaldo comercial, puede instalarse en la conversación internacional.
En tiempos donde la autenticidad y la historia detrás del producto pesan más que la sofisticación técnica, el Cola de Mono aparece como ejemplo de coherencia cultural: una bebida que no pretende ser otra cosa que lo que siempre fue.
Más allá del entusiasmo momentáneo, el reconocimiento internacional plantea una pregunta de fondo: ¿qué lugar ocupan las bebidas chilenas en el panorama global?
El Pisco Sour, el Terremoto y el propio Cola de Mono forman parte de un patrimonio con potencial exportable, pero que rara vez se comunica desde la profesionalización del bar.
Mientras países vecinos han construido marcas país en torno a sus destilados, Chile ha avanzado más lentamente en transformar sus bebidas típicas en experiencias de valor internacional.
El logro de TasteAtlas podría ser un punto de inflexión: una invitación a documentar, investigar y estandarizar las recetas tradicionales con la misma seriedad con que se aborda un cóctel contemporáneo. No se trata de folclor, sino de cultura y técnica.
El Cola de Mono ha recorrido un largo camino desde la sobremesa familiar hasta las páginas de la prensa internacional. Su reconocimiento en TasteAtlas no cambia su esencia, pero sí su percepción: lo que antes era costumbre doméstica hoy es parte del patrimonio líquido global.
Para la comunidad de bartenders y dueños de bares, el mensaje es claro: el valor está en mirar hacia adentro.
En un mundo saturado de modas importadas, rescatar lo propio puede ser el gesto más contemporáneo de todos.